Qué son las TERF y por qué representan un peligro para el feminismo

Trinidad Dominguez |  28 de Junio

 

Hace unas semanas, la autora de la saga Harry Potter, J.K Rowling, fue protagonista de una nueva polémica en Twitter. La británica fue acusada de transfóbica y TERF, al criticar una publicación que se titula “Creando un mundo post COVID-19 más equitativo para personas que menstrúan”. Su irónico comentario (“Personas que menstrúan”. Estoy segura de que solía haber una palabra para esas personas. Alguien que me ayude) no fue su primera intervención polémica en la red social. En 2018, le dio me gusta a un tweet que se refería a las mujeres trans como “hombres con vestido”. Ante la ola de críticas, su equipo se disculpó diciendo “J.K Rowling ha tenido un momento torpe y de mediana edad”.

Pero ¿Qué son las TERF? El término es un acrónimo para Trans Exclusionary Radical Feminist (Feminista Radical Trans Excluyente). Describe a un grupo dentro del feminismo, el cual ha tomado mucha notoriedad en el último tiempo, sin considerar a las mujeres trans como mujeres. Por ende, las excluyen de los espacios feministas y muchas han usado sus plataformas para oponerse a la legislación de derechos de las personas trans. Este discurso, claramente peligroso y pernicioso para la comunidad trans, es también un peligro para el feminismo y para todas las mujeres.

Un argumento de las TERF que se suele repetir en las redes sociales, es que las mujeres trans fueron socializadas como hombres, por lo que, supuestamente, tendrían cierto privilegio, al no haber sufrido las opresiones y discriminaciones que las mujeres cisgénero (mujeres que se identifican con el género que les fue asignado al nacer) sufren desde que nacen. Las mujeres trans, entonces, no fueron oprimidas por habitar un cuerpo femenino. Este argumento se desmorona fácilmente. Las mujeres trans, al ser socializadas como hombres, les fueron impuestos roles sociales que no les acomodaban en absoluto, ¿Y no es precisamente esto lo que denunciamos las mujeres cisgénero? ¿Qué el patriarcado nos impone roles limitantes? Las mujeres trans lo sufren también y en mayor medida: no solo el patriarcado les impone un rol, sino que niega sus identidades, su misma existencia.

Como señala la activista transfeminista mexicana Siobhan Guerrero, al excluir a las mujeres trans por su socialización, se cae en un determinismo sociológico, como si la manera en que nos criaron y moldearon definiera todos los aspectos de nuestro ser. De esta manera, se ignora la experiencia que cada uno tiene con los roles que la sociedad le impuso, basándose en el cuerpo que habitan. En esta línea, el pensamiento TERF se contradice con los inicios de la lucha por la liberación de la mujer, donde las feministas planteaban que eran más que madres, más que un útero. Como señala Carla Antonelli, activista trans española, las feministas se rebelaron contra su destino de venir a este mundo a parir y a atender a un hombre, exigiendo su derecho a voto, el cual les era negado apelando a razones biológicas como el hecho de ser “histéricas” y “volubles”.

Las TERFS parecieran haber retrocedido, designando el cuerpo, como elemento central de la definición de mujer. Al igual que Rowling, quien se molesta con la frase “personas que menstrúan” (usada para así incluir a hombres trans, personas no binarias, etc), ponen el foco en la genitalidad para definir la experiencia femenina. El discurso TERF cae en un biologisismo que resulta sumamente servil al patriarcado, dividiéndonos entre mujeres y desviando el foco de atención de donde realmente debería estar: en el patriarcado y las personas que detentan el poder, propagando y ejerciendo violencia sobre nosotras.

El argumento del supuesto privilegio que les daría la socialización como hombres a las mujeres trans, se cae cuando vemos cifras sobre la realidad de las personas trans. Según RedLacTrans, una organización sin fines de lucro dedicada a la lucha contra la discriminación de las personas trans en América Latina y el Caribe, el promedio de vida de las mujeres trans en la región se encuentra entre los 35 y 41 años. A esto se le suman otras cifras terribles: 77% de las personas trans son expulsadas de sus hogares, 1 de cada 4 no termina la escuela secundaria producto del hostigamiento de docentes y pares y el 52% sufre situaciones de discriminación en centros de salud.

Excluir a las mujeres trans es negar la historia. Ellas han jugado un rol fundamental en la lucha por los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTIQ+ y de las personas racializadas (es decir, no blancas). Recordando que estamos en el mes del orgullo LGBTIQ+, fueron dos mujeres trans y racializadas, Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, quienes junto a la lesbiana Storme DeLarverie iniciaron los disturbios de Stonewall, hecho que marcó la historia de las disidencias sexuales y que cada junio se conmemora en Estados Unidos y el mundo para recordar la lucha de este colectivo.

El discurso TERF induce al odio y promueve la violencia contra las mujeres trans. Esto lo vemos claramente ejemplificado con la polémica que se ha producido por los baños inclusivos. En diversos países, las TERFS han planteado que la presencia de mujeres trans en estos espacios resulta un peligro para las mujeres cisgénero, asumiendo, sin contar con estadísticas, que las mujeres trans acosan a mujeres cisgénero dentro de los baños. Calificar a todo un grupo como potenciales acosadores o abusadores no es nuevo. Similares ideas se aplicaron sobre hombres negros y hombres gays para segregarlos de espacios públicos. Dicha discriminación culminó en violencia contra estas personas, dentro de un marco de regímenes policiales configurados para atacarlos. Ver al otro como fuente de violencia, potencia la segregación, la creación de guetos y el asesinato. Como señala el activista trans e intersex argentino Mauro Cabrera, encontramos aquí una lógica similar a la que utiliza Donald Trump cuando califica a los mexicanos como “personas que vienen a este país a violar a nuestras mujeres”. Reproducir los discursos más reaccionarios de nuestra época sobre las mujeres trans, nada tiene de radical y nada tiene de feminista.

No se puede ser feminista si se excluye a otras mujeres. Esta ola TERF no hace más que fragmentarnos como movimiento social, minando el potencial radical del feminismo, el cual consiste en replantearnos las estructuras sobre las cuales hemos creado nuestra sociedad, para así destruirlas y construir unas nuevas. Gastar nuestras energías en detener la ofensiva TERF, nos desvía del foco principal, poniendonos las unas en contra de las otras, mientras el patriarcado sonríe satisfecho.

Ante este difícil escenario, no basta con decir “yo no soy transfóbicx”. Citando nuevamente a Mauro Cabrera, decirlo no alcanza, hay que poner el cuerpo y la praxis para sostener esta declaración. Es importante que como feministas no nos quedemos calladas ante este tema, la vida de las mujeres trans esta literalmente en juego. Resulta clave tomar las lecciones que nos deja el feminismo interseccional. Como plantea Kimberlé Williams Crenshaw, esta corriente del feminismo señala que las distintas opresiones están interconectadas y no pueden ser combatidas de manera interdependiente. De esta forma, es esencial que como feministas nos articulemos teniendo en cuenta todas las diversas experiencias, ya que no existe “la experiencia de ser mujer”, sino múltiples realidades que se ven influenciadas por nuestra clase, color de piel, edad, nacionalidad, etc.  El racismo, el clasismo, la homofobia y la transfobia dentro del feminismo nos han hecho mucho daño, fragmentando el movimiento y alejando las experiencias de ciertos grupos de mujeres de las demandas principales. Corremos el riesgo de que esto se transforme en un movimiento para una élite blanca, cisgénero y heterosexual.

            Es importante que las mujeres cisgénero no nos quedemos calladas. Debemos, en primer lugar, escuchar a nuestras hermanas trans, utilizando nuestros privilegios para ayudarlas, utilizando nuestras plataformas para que sus demandas sean escuchadas, sin intentar protagonizar su lucha. Asimismo, debemos revisar nuestras propias actitudes transfóbicas, en un constante ejercicio, al igual que hacemos con nuestras conductas machistas.

            Para finalizar, me quedo con una hermosa y poderosa frase de Audre Lorde: “No seré una mujer libre mientras sigan habiendo mujeres sometidas, incluso cuando sus cadenas sean muy diferentes a las mías”.

 

Fuentes:

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