• jaime890

Cadena de asesinatos en la Costa de Oaxaca

*JAIME RODRÍGUEZ OROZCO





El día que asesinaron a Rufino de 25 puñaladas, el destino del cacique Mario Sánchez Carballido quedó sellado. De niño, Rufino había emigrado de su natal Miahuatlán para buscar trabajo en lo único que sabía hacer: labrar la tierra. Desde chamaco ayudó a su padre en los jornales en tierras ajenas para llevar de comer a su madre y su pequeño hermano Benito: con él aprendió a barbechar, separar los surcos, sembrar, limpiar la milpa de mala hierba y cosechar. Todo para entregar el maíz y el frijol al patrón.


Las tierras de siembra en la Sierra están en laderas a las que para llegar caminaban horas por veredas rodeadas de pinos y encinos.


Tomaban agua de los ríos y de vez en cuando cazaban conejos o armadillos para comer.


Por la tarde, después de la jornada, padre e hijo arrastraban los huaraches hasta el jacal de adobe y techo de teja que les servía de hogar.


La vivienda constaba de una cocina negra por el hollín, algunos trastes y un comal quebrado. En un cuarto dormían en petates los papás de Benito, y en otro los dos jóvenes, en catres.


Entre penumbras, alumbrados solamente por una vela de sebo, comían en silencio.


La oscuridad de la noche se mezclaba con los ruidos de los perros, las lechuzas y los coyotes. En días de lluvia, los techos parecían regaderas. No había gente más pobre que ellos.


La producción en el campo estaba sujeta a los caprichos del temporal.


Benito también se hacía cargo del cuidado de los pocos chivos y uno que otro borrego que se resguardaban en un corral sin techo.


Los muchachos vestían ropas raídas, sombreros viejos que encontraron a orilla de carretera, y para cubrirse del frío, chamarras remendadas por doña Josefina, quien poco a poco perdía la vista debido a cataratas.


Por eso, un día, harto de la pobreza, Rufino Ramos Martínez tomó sus pocas pertenencias y se marchó.


Doña Josefina le regaló un escapulario de la Virgen de Juquila, lo persignó y dio un beso en la mejilla. Nunca volvería a ver a su hijo.


Benito recargó su cuerpo en la cintura de su madre, mientras Rufino se perdía entre las sombras de los árboles.


Sin dinero, Rufino caminó por horas hacia la carretera que lleva a la Costa y ahí esperó a un camionero que se apiadó de él y le permitió subir a la parte trasera del vehículo.


--Voy a Pochutla, a buscar trabajo-, expresó con orgullo al conductor, al poner el pie en el estribo y trepar por encima de la redila.


Se volvió, miró cómo una columna de humo salía de entre los árboles, al fondo de una barranca. Era su casa, a la que sólo volvería en sueños.


Apretó el puño con el escapulario que le dio su madre y con la otra mano se afianzó en la camioneta que parecía volar.


Era la primera vez que se alejaba de su pueblo natal, pero no tenía temor. Peor no podía vivir, pues trabajaba todo el día para apenas subsistir, mientras el fruto de su labor se quedaba en otras manos.


Se sorprendió de los cerros tan verdes y grandes de la Sierra Sur, del abrupto descenso hacia la Costa, así como del clima cálido de esas tierras. Contempló cómo los pinos y encinos de las altas montañas se transformaban en palmeras con cocos, árboles de mango, nanche y plátano.


El muchacho sabía que en Pochutla encontraría trabajo porque era la ciudad más próspera y rica de la región. Ubicada en el corazón de la Costa Chica oaxaqueña, Pochutla era el punto de reunión para la mercadería destinada a Puerto Escondido, Huatulco, Tonameca, Tututepec y los pueblos negros.


Recordó a su padre cuando encorvado sobre la tierra para arrancar la mala hierba, le había confiado su sueño de joven de emigrar a Pochutla para cambiar el destino de la familia, pero nunca lo cumplió porque si no estaba labrando la tierra, estaba ahogado de borrado, y se llenó de melancolía.


“Está difícil vivir de esta forma, sin tener nada para el día siguiente”, volvió a escuchar de su padre mientras su cuerpo se movía de un lado a otro de la camioneta, en la carretera llena de curvas y hoyos.


Ensimismado en sus pensamientos, sintió el dolor de dejar con sus padres a su pequeño hermano Benito. Seguramente él lo sustituiría en la pesada labor del campo y se prometió regresar para llevarlo consigo.


El camión al fin ingresó a la población por la calle principal, y la tristeza desapareció.


La calle era una romería carros, animales de carga y personas donde se escuchaba toda clase de productos. Mujeres morenas ofrecían todo tipo de vendimia en enormes canastos de carrizo que cargaban sobre sus cabezas erguidas.


Mucho antes de verlos, saboreó los tamales de iguana, el pescado horneado, la cocada, el mango, entre otros manjares.


De un salto se apeó del camión. Con el hatillo de sus pertenencias bajo el brazo, agradeció al conductor el viaje y se dispuso a buscar un lugar dónde pasar la noche. Estaba extasiado. Había de todo, pero él no tenía ni un peso.


No tuvo reparo en tumbarse en el corredor del palacio municipal, junto a otros arrieros y campesinos que en petates o en el piso descansaban de sus largas jornadas, en espera del nuevo día para seguir su camino.


Al día siguiente, cuando el sol apenas despuntaba, se encaminó al mercado de Pochutla y a cambio de lavar los trastos de la cocina, consiguió un magro desayuno. En ese lugar conoció a Delfino López, quien sería su primer patrón, un finquero que sembraba café de exportación en la zona.


El cacique acostumbraba desayunar en el mercado municipal antes de iniciar sus actividades en su hacienda, y cuando conoció el motivo por el que Rufino fregaba las ollas en el mercado, le ofreció trabajo.


--Oye, tú, si quieres trabajo, yo tengo labor para hombres, no eso que estás haciendo-, expresó entre risas, al tiempo que a Rufino se le subían los colores al rostro.


--¿De dónde eres?- le cuestionó sin dejar de mover el bigote.


Rufino respondió y después le estrechó la mano, con fuerza, como al cacique le gustaba. Tenía las manos rasposas y era fuerte.


Delfino era custodiado por cinco sujetos mal encarados, todos con pistola en la cintura.


Así, Rufino se convirtió en jornalero de Delfino, con la promesa de techo, alimento y un salario igual que el de los demás peones, apenas un día después de llegar a Pochutla.


Trabajador y diligente, Rufino pronto se ganó la confianza y estimación del patrón. Los domingos, cuando todos los peones descansaban, era común que Rufino acompañara a Delfino por sus vastos cafetales.


Caminaban durante horas y le hablaba de proyectos, pero también de las personas con las que tenía rencillas. Quería todo para él.


En otras ocasiones ambos bajaban a la cabecera municipal para jugar tandas de pool, pues patrón y jornalero eran aficionados al billar, aunque nadie le ganaba.


Ahí apostaban y Rufino se ganaba otros pesos. Pronto compró ropa, zapatos y un sombrero. Andaba bien afeitado y ya sostenía amoríos. En la cintura, lucía un revolver que su patrón le regaló. Además de usar la pistola, Rufino era bueno para el trompo y no desperdiciaba la oportunidad de calentar los puños.


En una ocasión, Rufino intervino para ayudar a Raúl Ramírez, un niño como de 14 años que era golpeado por dos sujetos mayores en el atrio de la iglesia. Rufino lo rescató a puñetazos y el joven quedó agradecido.




La suerte de Mario Sánchez



Mario era un respetado y temido finquero, que al igual que Delfino, vendía la mayor parte de su producción de grano al extranjero. Hombre acostumbrado a mandar, Mario tenía fama de hacer su capricho “por las buenas o las malas”. En la zona de la Costa conocían sus métodos para hacerse de tierras o quitar de en medio a competidores en el mercado del café: sus pistoleros, Cresencio Escobar e Ismael Altamirano.


La lista de crímenes que le imputaban era tan larga y él tan temido que muchos preferían mantenerse callados antes de imputar al cacique cualquier mala acción. Además, estaban coludidos con las autoridades.


El caso de la viuda de Cirenio Blas era el mejor ejemplo de que con Mario lo más conveniente era mantener la boca cerrada. En Pochutla, todos recordaban a la buena mujer que transida de dolor por el crimen de su esposo e hijo, acudió hasta la capital del estado para exigir justicia ante el titular del Poder Ejecutivo. Pero apenas regresó a su casa, un grupo de sujetos la sacó a rastras y nadie volvió a saber de ella.


--Cuentan que la tiraron al mar en Huatulco, aunque otros aseguran que la desaparecieron en la laguna La Ventanilla donde abundan los cocodrilos-, expresaban contritos los vecinos, pero nadie se atrevía a hablar ante desconocidos por aquello de que las paredes escuchan.


Mario, con el dinero de su familia, se había granjeado la amistad de los jefes militares de Oaxaca y la clase política, entre ellos la del mismo gobernador de la entidad.


De hecho, Mario había pasado de ser un cacique regional a un hombre con influencias en la política del estado, que gustaba de recorrer la capital en su Jeep.


Era tal el reconocimiento que había logrado en la capital del estado, que en 1956 Mario fue designado administrador, junto con Baltazar Cruz, de la fábrica de hilados y tejidos Vistahermosa, fundada en 1883 por don José Zorrilla Trápaga, en San Agustín, Etla.


La fábrica, situada en una cañada en las faldas de la Sierra de San Felipe, producía hilazas blancas y de colores; mantas, driles, organdises y telas Vichy. Contaba con doscientos telares y seis mil husos, los cuales eran movidos mediante fuerza hidráulica generada en las antiguas hidroeléctricas "La Luz" y "La Soledad", emplazadas en San Agustín Etla, llegando a generar hasta 400 empleos.


Lejos de los odios y resquemores que despertaba su férreo control de la Costa Chica de Oaxaca, Mario llevaba una vida plácida y sin temores en la capital.


A bordo de su vehículo verde olivo, todos los días cubría los diecisiete kilómetros de San Agustín Etla hasta la ciudad de Oaxaca de Juárez, para atender asuntos personales y comerciales o dialogar con políticos y militares sobre la situación estatal y nacional.


Gustaba del café, los puros y las mujeres.


No obstante, la rivalidad entre Mario y Delfino se mancharía de sangre.



Benito deja la miseria



El pequeño Benito esperó mucho tiempo a que su hermano mayor cumpliera su promesa y regresara por él, pero fue en vano.


La semilla de abandonar el pueblo natal para buscar nuevos horizontes seguía germinando en el joven jornalero que había sustituido a su hermano en las extenuantes labores de aparceros.


Benito despertaba antes que el sol para trabajar y regresaba a casa al caer la noche. Pero no aguantó más. Por eso, un día caluroso de verano pidió a sus padres vender los pocos chivos y borregos que quedaban en el destartalado corral para dedicarse al comercio ambulante.


Los padres encogieron los hombros con indiferencia ante la petición de su vástago y Benito asumió eso como la autorización para abandonar el jacal.


Agarró los 300 pesos y caminó por las calles del pueblo.


Abordó un viejo camión y mientras viajaba soñó encontrarse con Rufino y adquirir toda suerte de mercancías para recorrer los pueblos de los alrededores. Ofrecería listones, hilos, espejos, collares de cuentas y demás.


La tarde ya caía cuando el desvencijado camión entró a la calle principal de Pochutla, entre el ajetreo de la festividad del Santo Patrón San Pedro.


Era una gran celebración y Benito estaba impresionado.


--Anímate paisano y tómate un mezcalito- le ofreció un joven que no dejaba de saltar con una botella en mano y en la otra un carrizo que utilizaba para repartir la bebida.


--No- asintió el forastero con la cabeza.


Benito buscó un cuarto pequeño donde pasar la noche y acudió al mercado para cenar.


Por la ventana del cuartucho observó el cielo lleno de estrellas, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas al recordar a sus viejos padres, ahora desamparados.


“¿Qué será de mis viejos?”, se repetía mientras pensaba en su madre echando tortillas o su padre arriando chivos.


Estaba sentado en la orilla del catre con los codos en las piernas y su cara recargada en las manos. Alumbrado solamente por un quinqué de petróleo se quedó dormido.


Las voces de los merolicos y los motores de los vehículos despertaron a Benito, quien sin saber qué hacer, recorrió el pueblo de un lado a otro para conocer, hasta que una tarde antes de regresar al cuarto de alquiler, descubrió un billar e ingresó para pasar el rato.


Él y Rufino jugaban en el billar de Miahuatlán y pronto Benito demostró una aptitud superior en la precisión para golpear las pelotas con el taco.


El billar, un cuarto amplio de paredes gruesas de adobe encaladas y techo de teja ennegrecida por el paso de tiempo, estaba en penumbras. Cerca de las cuatro mesas formadas con paño verde desgastado, la propietaria había colocado unos mecheros de petróleo que iluminaban tenuemente el lugar. La luz era suficiente para que los jugadores se entretuvieran golpeando con precisión la pelota blanca.


Se acercó a la mesa más próxima a la puerta del billar para observar el juego desde prudente distancia.


Ahí permaneció mientras los jugadores, jóvenes mulatos de cabellos crespos ataviados con pantalones cortos y calzados con sandalias de plástico, reían después de cada jugada y sorbían cerveza.


Después de una hora de presenciar el juego se dirigió a la puerta para salir, cuando una risa le paralizó el corazón.


Con la duda en su cabeza, porque no creía que fuera posible tal coincidencia, se detuvo a medio camino y aguzó el oído para escuchar nuevamente la risa que provenía de la mesa más lejana y oscura del lugar.


Sin mover un solo músculo de su cuerpo se mantuvo expectante, hasta que confirmó que la risotada le era familiar. Ya no había ninguna duda; era de Rufino, su hermano.


El encuentro fue emotivo. Rufino lo abrazó y sin mayor preámbulo le presentó a su compañero de juego, don Delfino López.


Benito contó entonces que había dejado el pueblo, harto de la pobreza y que ahora emprendería su propio negocio como vendedor ambulante.


Su hermano mayor le platicó que don Delfino lo había apoyado desde que llegó a Pochutla y que más que su patrón se había convertido en su amigo, a pesar de las diferencias económicas y de edad entre ambos.


Delfino ratificó su amistad a Rufino y como muestra de ella ofreció al hermano menor un trabajo en la finca cafetalera, cuya bonanza crecía.


--No. No, gracias. Yo no volveré a sembrar la tierra de otros. Decidí dedicarme al comercio y eso voy a hacer. Sin embargo, gracias por el apoyo a mi hermano. Estamos en deuda con usted-, dijo Benito al finquero, que esa noche regresó solo a la hacienda pues permitió a su trabajador pasar la noche con su hermano porque tenían muchas cosas que contarse.


En el estrecho cuarto rentado, sentados sobre el único camastro, los hermanos hablaron de sus padres, viejos y más pobres que nunca.


Rufino ensalzó la bondad de su patrón, quien no sólo le había dado trabajo, sino que le brindó su amistad y en esa condición de amigos le confiaba sus tribulaciones en el negocio del café.


--Pobre, como cada vez tiene mayores pedidos del extranjero, ya lo están amenazando para que venda su finca o deje el negocio, pero no es hombre que se doble así nomás-, añadió con expresión de preocupación.


Pero el desasosiego pronto se disipó, a medida que los asuntos familiares ocupaban la plática de los hermanos.


El sol ya clareaba cuando Rufino se despidió con fraternal abrazo de su hermano Benito, no sin hacerle prometer que cada vez que llegará a Pochutla lo visitaría en la finca de don Delfino.


--Cualquiera puede darte seña de dónde queda, tú nomás pregunta por la finca de don Delfino y te mostrarán el camino-.


Rufino sacó de su pantalón unas monedas y se las entregó a Benito.


--Para que te ayudes otros días, en lo que encuentras tu camino-.


Y se despidieron.



Lluvia de plomo



Durante cinco años, Benito regresó en diversas ocasiones a San Pedro Pochutla para surtirse de mercancía y vender en otros pueblos. El negocio prosperaba pues ya daba crédito.


En todas las ocasiones acudió a ver a su hermano Rufino para comentar con él las peripecias de sus viajes y confiarle sus asuntos personales y de amoríos.


--Allá, cerca de Tonamenca conocí a una joven muy bonita y ya nos apalabramos para el casorio, así que pronto habrá matrimonio; no va a ser una gran fiesta, pero fandango va a haber-, informó Benito a su hermano mayor en uno de sus encuentros.


--Espero que vayas, no me puedes fallar-, añadió sin ocultar su alegría. También invitaría a sus padres.


Pero Rufino no prometió nada. Con cara seria comentó a su hermano menor que las cosas no andaban bien por la finca de don Delfino.


--Tenemos mucho trabajo porque el patrón hizo un buen trato con unos extranjeros para venderles café, pero las amenazas en su contra continúan y todos saben de quién provienen. El asunto es delicado, pero ya veremos qué pasa-, confió a Benito mientras sobaba con su mano el lomo de la pistola.


--Hermano, y si mejor dejas la finca y buscas otro trabajo. Incluso te puedes venir conmigo a vender mercancía, no deja mucha ganancia, pero sí sale para comer y vivir bien-, propuso Benito aunque conocía de antemano la respuesta.


--No, hermano. Don Delfino me apoyó cuando más lo necesitaba y no soy tan ingrato como para dejarlo ahora que tiene problemas; además, a mí sí me gusta trabajar la tierra; no, ni pensarlo-, sostuvo Rufino, mientras observaba cuánto había crecido Benito desde que lo dejó en Miahuatlán. Ahora ya era todo un hombre; acababa de cumplir 25 años de edad.


De cualquier forma, la decisión de los hermanos no cambió el destino de Delfino. La suerte estaba echada.


Una tarde de marzo de 1955, Delfino López recibió en su finca de Pochutla al también exportador de café Servando Vásquez, a quien al igual que a él lo habían amenazado para vender sus tierras y dejar el negocio.


--Está canijo, pero no me rajo. Si quieren problemas, bronca van a tener-, afirmó Servando, quien controlaba la zona de Tonameca y Coyula.


--Ya traté de hablar con las autoridades de la capital, pero no he recibido respuesta. Creo que se están haciendo los desatendidos porque no quieren ayudarnos, así que es mejor hacer frente común para encarar la situación-, señaló Delfino a Servando para sellar un compromiso.


Lo que no sabían es que las autoridades rendían cuentas a su rival: Mario Sánchez, pues se codeaba con las altas esferas de la política porque les daba participación de algunos negocios.


--Pues ya está-, contestó mientras chocaban sus caballitos de carrizo y bebían el mezcal.


La tarde cálida caía sobre la Costa Chica y el sol parecía sumergirse en el mar. Hombres y mujeres retornaban a sus casas después de concluir con sus faenas.


Delfino acompañaba a Servando de regreso a su finca por el camino arenoso que conducía de su hacienda a la carretera, cuando detrás de las altas palmeras se escuchó el crujir de las hojas y ramas secas.


Por unos segundos, Delfino y Servando voltearon y vieron sus rostros desconcertados. Tarde comprendieron lo que sucedía.


De los palmares, más de cinco hombres salieron con armas de fuego disparando contra sus cuerpos. Ya sin vida, cayeron sobre la tierra en medio de charcos de sangre.


Protegidos por la penumbra, el jefe de los matones se acercó a casi un metro para pegarles el tiro de gracia.


Después, los sicarios huyeron en diferentes direcciones. Los perros ladraron largo rato, pero nadie se acercó al lugar. Hasta al amanecer, un jornalero de la finca descubrió los cuerpos y dio aviso a las autoridades.


Los dos caciques fueron enterrados en Pochutla. Fueron días de luto en las fincas que parecían de fiesta pues había música, comida y baile.


Benito supo de lo sucedido cuatro meses más tarde, cuando regresó a Pochutla por mercancía y encontró a su hermano Rufino, todavía afectado por la desgracia.


--No es posible que nadie haga algo, que todo se quede como si hubieran matado a dos perros. Ninguna autoridad hace algo para aclarar el crimen, a pesar de que todo mundo sabe quién y por qué habían amenazado a don Delfino-, expresó a su hermano con el coraje en el rostro.


--Dónde estabas cuando sucedió todo eso-, preguntó con preocupación Benito.


--El patrón me mandó a vigilar que el café se secará bien en la finca, para después encostalarlo, por eso no lo acompañé-, dijo Rufino, como si ofreciera una disculpa.


Benito le dio un par de palmadas en la espalda.


--Hermano, lo mejor es que dejes la finca y busques otro trabajo, vete para Huatulco, allá puedes trabajar-, le pidió.


--¿A Huatulco? Pero si ahí hay puros pescadores y yo no sé ni nadar. Además, aquí hay mucho trabajo, no se puede dejar todo así como así. La patrona se hará cargo del trabajo-, afirmó Rufino, sin contar a su hermano menor que ya había recibido las primeras amenazas por comentar públicamente que no habría justicia en el asesinato de su ex patrón.


Tampoco le dijo que para mayor seguridad había dejado de vivir en la finca y ahora rentaba una casita en el barrio El Recreo de Santa María Huatulco, ni mucho menos que había adquirido otra pistola escuadra, marca Walter, por lo que se llegara a necesitar.


La pistola que le regaló su patrón la había perdido en una partida de billar, en una noche con mujeres y alcohol sin medida.


Como en otras ocasiones, Benito adquirió su mercancía e inició su recorrido por los pueblos de la franja costera. De Santa María Huatulco pasando por Puerto Ángel, Mazunte, Puerto Escondido, Río Grande y Pinotepa Nacional.


Dos o tres veces regresó a Pochutla y siempre encontró a su hermano Rufino inconforme por el nulo avance en las investigaciones de los crímenes y la impunidad con la que se paseaban los asesinos.



La muerte de Rufino



Rufino era asiduo a la copa y en esas parrandas vociferaba el nombre de Mario Sánchez a quien culpaba de la muerte de su patrón. Habían pasado dos años.


-Pinches asesinos, pero se les va a terminar su suerte- gritaba dando tumbos por las calles con una botella de mezcal en la mano.


Incluso, en ocasiones culpaba públicamente al gobierno del estado de brindar protección a Mario Sánchez.


El 8 de diciembre de 1957, cuando la oscuridad reinaba en el barrio El Recreo, cuatro hombres se acercaron sigilosos hasta la casa de Rufino, mientras otro llamaba a la puerta.


--¿Quién?-, preguntó Rufino todavía embrutecido por el alcohol, cuando escuchó los fuertes golpes sobre la madera.


-Un amigo de don Delfino-, respondieron del otro lado de la puerta.


Confiado, Rufino retiró la tranca que la aseguraba.


De inmediato fue echado atrás con violencia y cinco hombres ingresaron al cuarto abruptamente.


Rufino intentó defenderse con el arma que escondía debajo de su almohada, pero fue sometido por sus agresores, quienes lo llevaron a rastras al patio de la humilde vivienda.


En medio de la oscuridad los hombres sacaron puñales de entre sus ropas y se abalanzaron contra el cuerpo de Rufino, quien poco a poco dejó de oponer resistencia.


--Esto es para que no te metas en lo que no te importa y en recuerdo de tu amiguito Delfino-, gritó el cabecilla de los agresores, al tiempo que hundía la delgada hoja de metal en el abdomen del infeliz jornalero.


Rufino trató de protegerse con ambos brazos, pero los agresores eran muchos y lo atacaron por donde se les dio la gana. Lo hacían con calma, asestando cada golpe donde podría hacer mayor daño en esa mole teñida de rojo púrpura.


Una vez cumplida la encomienda, los asesinos se dispersaron en medio de las calles solitarias, mientras el cuerpo quedaba hecho una piltrafa entre ríos de sangre.


Los perros alertaron a los vecinos, que salieron minutos después, cuando todo había pasado.


La autoridad judicial contó 25 puñaladas, la mayoría en pecho y espalda, pero quienes observaron el cuerpo un día después, aseguraron que la saña contra Rufino fue tal, que todo era un amasijo de carne y sangre.


Ese mismo día, Benito tuvo conocimiento del crimen. Un comerciante ambulante, compañero del hermano de Rufino, se ofreció a acudir a Tonameca donde ahora vivía, al lado de su esposa y su pequeño hijo.


En el panteón de Huatulco, Benito reconoció los restos de su hermano y pagó al sepulturero para que diera descanso.


Benito no derramó ninguna lágrima, pero su joven rostro se tornó duro. Los ojos café claro se volvieron más penetrantes, la quijada férrea, los párpados se hicieron pequeños.


Frente al pequeño montículo de tierra coronado por una cruz de madera, Benito oró en silencio y se marchó del panteón sin volver a mirar atrás.


Antes de regresar a su casa, acudió al cuarto que rentaba su hermano para recoger sus pertenencias, entre ellas la pistola escuadra marca Walter. Regaló la ropa de Rufino al casero y preguntó cómo le hacía para encontrar la finca de don Mario Sánchez Carballido, el mayor cafetalero de la región.


-Qué vas a hacer, muchacho; es una locura, ese hombre está bien cuidado-, le dijo Jeremías Pineda.


Benito levantó la mano derecha y se alejó.



La cacería



De regreso a Tonameca donde había establecido su hogar, el comerciante sólo dijo a su esposa que su hermano había fallecido. No le dio explicación, ni hizo mayor comentario. La mujer guardó silencio presintiendo algo malo y no apartó la vista del pequeño bulto que Benito trataba de pasar desapercibido entre sus manos.


La mujer tomó a su pequeño niño entre los brazos y se refugió en la cocina para preparar de comer. Aunque Benito no tenía hambre. Es más, salió de la habitación y devolvió el estómago. No tenía alimento, pero la sustancia que lanzó era amarillenta: la bilis contenida.


Los días siguientes Benito se los pasó en silencio, ensimismado. No volvió a mencionar las compras que debía de hacer para reiniciar su actividad comercial, ni volvió a ser el padre amoroso que gustaba de cargar a su hijo o dormirlo en su hamaca.


Su mujer pidió ayuda, pero todo era en vano. Benito no quería saber de nadie, ni de su compadre Melchor con el que cada fin de semana salía de pesca o cacería.


Ahora se encerraba largo tiempo en el cuarto que les servía de recámara y constantemente se escuchaba el golpe seco al cerrajear la pistola escuadra. Le ponía y quitaba las balas, una y otra vez, como buscando respuesta a su duda.


Su mujer e hijo se fueron, los mandó con sus suegros, por si no regresaba. Su esposa solamente le pidió que se cuidara y que recordara que lo iba a estar esperando.


--Te amo- le dijo la mujer que arrullaba a su hijo para tratar de contener su llanto.


Benito apretó los dientes y cerró los ojos… era más su odio por vengar a su hermano que el amor por su familia.


--Anda, vete y cuida bien al chamaco- fueron las últimas palabras del miahuateco.


Benito les dio un beso en la mejilla, y a la mujer le entregó una pañoleta con dinero. Era el ahorro que tenía para la boda y ahora sería para que sobrevivieran unos días en lo que Benito regresaba.


Vendió la mercancía que le quedaba y viajó a la capital del estado para cumplir su venganza. Regresó por última vez a la casa donde creció con su hermano. En la choza, cada vez más desvencijada, contó a sus padres la muerte de Rufino, sin entrar en detalles. El viejo encogió los hombros, resignado a las desgracias, mientras la anciana vertió algunas lágrimas que fueron retiradas de la cara con el borde del mandil.


Juró vengar a su hermano. Sus padres no intentaron impedirlo, era la ley de la raza.


Recorrió más de 250 kilómetros por caminos de la Sierra hasta llegar a los Valles Centrales, donde se ubica la Verde Antequera. Más de ocho horas de camino en un camión que hacía paradas constantes, pues hombres y mujeres con cajas, costales y animales se trasladaban a la capital para vender sus productos.


El autobús de segunda clase que llegaba al mercado solamente hacía dos viajes a la semana.


El lunes 22 de enero del 1958, Benito arribó a la ciudad de Oaxaca, cuando la tarde caía sobre la ciudad colonial, con el firme propósito de enfrentar al responsable intelectual de la muerte de su hermano. Ya tenía santos y seña de cómo se movía en la capital.


Ese mismo día se alojó en la Casa de Huéspedes La Mixteca, en la calle de Mina, a las afueras de la ciudad.


Además de encontrar hospedaje económico, disfrutó de las caricias de una de las mujeres que vendían sus servicios. Era la zona roja y había damiselas para todos los gustos y precios. Al día siguiente vagó sin rumbo fijo por las calles, con la esperanza de toparse con Mario Sánchez Carballido, el finquero a quien culpaba de la muerte de su consanguíneo. Paseó por la Alameda de León, frente a la imponente Catedral, en medio de los puestos de nieve; también esperó frente al kiosco del Zócalo, sentado en una banca de hierro forjado, bajo la sombra de los laureles, y acudió a la iglesia de La Soledad, a tres cuadras del centro de la ciudad. No era asiduo a la iglesia, pero ese día un escalofrío invadió su cuerpo cuando pasó enfrente del templo. Entró, se arrodilló, pidió perdón ante la virgen.


--No quiero mancharme las manos de sangre. ¡Ayúdame, madre mía!- se repetía una y otra vez.


Pero al salir de la iglesia, su sed de venganza regresó.


Benito no tenía otro pensamiento que no fuera encontrar a Mario. Compró un periódico, pero solamente para pasar el rato, pues apenas cursó los primeros años de la primaria y abandonó la escuela para ayudar a sus padres.



La presa



En una ocasión que caminaba sobre la calle de Independencia, casi esquina con 20 de Noviembre, donde se ubican las oficinas de Correos y Telégrafos Nacionales, un edificio de dos pisos de reminiscencia porfirista, Benito observó un vehículo Jeep, placas 0-11-16, aparcado sobre la calle empedrada.


Una fuerte lluvia se dejaba sentir, lo que impidió a Benito apresurar el paso para el encuentro con el sujeto. El conductor salió de la oficina a toda prisa cubriendo su cabeza con una sombrilla, abordó el vehículo y se alejó velozmente del lugar dejando a Benito a media carrera.


--No puede ser, era él, era él-, se repetía a sí mismo, al tiempo que observaba al vehículo arribar a la Alameda bajo las sombras de los laureles de la India, sembrados por el exgobernador Gregorio Chávez y Casiano González, allá por 1894.


El encuentro casual no lo desalentó, por el contrario, Benito se convenció de que el cafetalero estaba en la ciudad y sólo era cuestión de tiempo volver a encontrarlo. Agitado, se recargó en una de las fuentes donde las palomas y las ardillas llegaban para beber, mientras las personas les lanzaban rosetas de maíz. Prendió un cigarro y regresó a su cuarto en la casa de huéspedes. Tomó un baño caliente y bebió una copa de mezcal para calentar el cuerpo. Sacó el arma y la limpió hasta dejarla reluciente. La pistola había convertido en un acompañante inseparable, su cómplice silencioso.


El miércoles, recorrió el otro extremo de la capital, del palacio de gobierno al templo de Nuestra Señora de La Merced, por el lado este. Con las manos en las bolsas del pantalón y el sombrero de panza de burro -en realidad de lana impermeabilizada con brea y cera de abeja- ladeado, Benito caminó en torno del palacio de gobierno y se adentró tres o cuatro cuadras más allá, sin resultados.


El jueves, a punto de cumplir una semana de búsqueda y agotado el dinero, decidió pasar el tiempo en un billar del Portal de Flores, frente al Zócalo, -punto estratégico para ver quién entraba o salía de las oficinas gubernamentales-.


A mediodía, cuando las campanadas de la Catedral llamaban a recogimiento, salió al parque público, pagó cincuenta centavos a un muchachito para que le diera grasa a sus zapatos y recorrió nuevamente la ciudad por la calle de Guerrero, para regresar al centro por Independencia. La misma ruta hacia la iglesia de La Merced.


De regreso al centro, grande fue su sorpresa al ver estacionado el Jeep en el número 72 de la calle de Independencia, casi esquina con Pino Suárez, a cinco cuadras de la Catedral, frente al consultorio del doctor José Inocente Delgado. Sin perder tiempo, se llevó la mano derecha a la cintura, aferró la cacha de la pistola y apresuró la marcha para colocarse justo en el quicio de la puerta. El sol caía a plomo y Benito sudaba de manera abundante. No esperó mucho, porque a los pocos minutos, el finquero Mario Sánchez Carballido salió del consultorio para abordar su vehículo, lo que aprovechó Benito para cobrar venganza. Apenas salió de la casa donde había acudido para atenderse un dedo que se fracturó en la fábrica de hilados y tejidos, el cacique sintió que alguien le tocaba la espalda, al tiempo que le espetaba: “Don Mario, allá le voy... acuérdese de mi hermano” y sintió que algo le quemó el hombro. Cuando se dio vuelta, el finquero recibió un balazo en el corazón y otro en la cabeza. La pistola se encasquilló, pero Benito siguió jalando el gatillo hasta que el dedo le dolió, sin apartar la mirada del cuerpo inerte en la carretera.


La adrenalina se apoderó de Benito. Sus ojos enrojecieron y su mandíbula se trabó. En la ciudad, Mario Sánchez no empleaba guaruras. Iba solo y nadie lo pudo ayudar.


Había vengado a su hermano. El tránsito se detuvo, los perros ladraron y la gente que pasaba por el lugar se pegaba a las paredes, unos abrazando a sus hijos.


&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&



SEGUNDA ENTREGA DE LA FUGA DE BENITO RAMOS



Había vengado a su hermano. El tránsito se detuvo, los perros ladraron y la gente que pasaba por el lugar se pegaba a las paredes, unos abrazando a sus hijos.


La huída



Mientras el cuerpo exhalaba los estertores de muerte, Benito corrió en dirección del mercado de la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, en la periferia de la ciudad, para huir del lugar.


El corazón parecía salirse del pecho por la fuerza que imprimía en cada zancada.


Sin embargo, las detonaciones del arma y los gritos de los transeúntes le impidieron alcanzar dicho propósito porque pronto se vio perseguido por un grupo de hombres y mujeres que, a gritos, solicitaban que lo detuvieran.


--¡Es un asesino, un asesino, deténganlo!-, gritaban los perseguidores mientras Benito buscaba la manera de escabullirse. Pronto acabó su intento de fuga. Apenas había logrado recorrer una calle cuando los comerciantes y marchantes del mercado, alertados por el grito de los vecinos, abandonaron sus actividades para acorralarlo.


Solo, indefenso ante la turba que lo enfrentaba y que exigía su muerte, Benito no tuvo más opción que entregarse de manera voluntaria a los agentes de Tránsito, Esteban Luis Méndez e Inocencio Cruz, quienes vigilaban el tráfico vehicular por las obras de pavimentación que se realizaban en dicha vía.


--He matado, he matado-, gritó el comerciante miahuateco a los azorados agentes de Tránsito al tiempo que recibían la pistola Walter que les alargaba Benito, aún caliente por la acción. Aunque esto no amainó el coraje de la turba que crecía a cada instante demandando: “línchenlo, línchenlo, hay que prenderle fuego para que aprenda”, al tiempo que recibía puñetazos y patadas. La muchedumbre amainó. Benito, resguardado por los agentes de Tránsito, se mantenía en silencio, con las manos en la espalda y la cabeza gacha, como resignado a su suerte.


Los pormenores del crimen, propalados boca a boca entre vecinos, transeúntes y comerciantes, así como la identidad del masacrado, cuya familia era propietaria de unos baños públicos en la zona, recobraban los ánimos de venganza contra el comerciante.


--¡Hay que matarlo, ahórquenlo, ahórquenlo!-, vociferaba más fuerte la turba, cuyos hombres intentaban abrirse paso entre los uniformados para golpear al miahuateco.


De forma casi milagrosa, un vehículo oficial pasó frente al mercado, por lo que pudo ser trasladado a las oficinas de Tránsito del Estado, donde minutos después fue entregado a los agentes de la policía.


Los medios informativos dieron cuenta de los sucesos y los reporteros buscaron a los protagonistas del crimen para recrear la historia. Uno de los entrevistados fue el doctor José Indalecio Delgado, quien aseguró que durante la consulta, Mario no externó ningún motivo de preocupación y, por el contrario, le platicó que más tarde se reuniría con el gobernador del estado y el jefe de la zona militar, general José García Márquez, para analizar temas de política estatal. Con su bata llena de sangre, sostuvo que cuando escuchó las detonaciones corrió hacia la calle donde se encontró con el cuerpo tirado de Mario e intentó brindarle los primeros auxilios, pero al reconocer la gravedad de las heridas llamó por teléfono a la Cruz Roja. Todo fue inútil porque el finquero murió.


La autopsia reveló que Mario recibió tres lesiones mortales: una que le perforó el cráneo y destrozó la masa encefálica, otra que atravesó el pulmón izquierdo y la última que penetró la cavidad toráxica, afectando los intestinos.


Su muerte, de acuerdo a los médicos legistas, se debió a una hemorragia cerebral, con fractura en la base del cráneo de origen traumático.


Benito, a poco de ser capturado, declaró a los periodistas: “Si volviera a nacer, remato a ese cabrón”.



El proceso



Benito ingresó a la cárcel pública a las 13:50 horas donde fue consignado por el juez Tercero de lo Penal, Joel Arango García. Mientras, el sobrino del difunto, Eliud Cruz, gerente de la firma Autos y Camiones de Oaxaca, y su cuñado Antonio Silva Leyva, realizaban la penosa diligencia de identificación del cadáver en el anfiteatro del Hospital Civil, el inculpado rendía declaración ante el agente del Ministerio Público, Gerardo Ruiz Bustamante.


Sobre una plancha fría de granito, el médico legista realizó la autopsia. No era la primera vez que habían atentado contra el finquero. Varias cicatrices en el abdomen confirmaban por lo menos un ataque a cuchilladas y otro más a balazos. Pero la suerte se le terminó.


Frente a la autoridad ministerial, con la mirada clavada en el piso, Benito confesó que asesinó a Mario Sánchez Carballido para vengar la muerte de su hermano Rufino, ocurrida en San Pedro Pochutla. Afirmó que el asesino intelectual de su consanguíneo fue el finquero, quien envió matones a sueldo desde Huatulco para masacrarlo.


Con evidente nerviosismo relató que a raíz de la muerte de su hermano planeó la ejecución del autor intelectual, por lo que la tarde del lunes arribó a la capital del estado procedente de Miahuatlán, con la finalidad de buscar a Sánchez Carballido.


Escoltado por un par de celadores con rifle en sus espaldas, Benito frotaba sus manos y acomodaba su sombrero. El cazador estaba acorralado y no sabía qué hacer. Los nervios lo traicionaron y habló de más. No se veía arrepentido, al contrario, mantenía la mirada perdida, los ojos sumidos y la rabia contenida. Sin embargo, escuchó a las secretarias que por lo menos le darían 30 años de prisión por el crimen, sobre todo al tratarse del asesinato de una persona importante.


Benito reflexionó y se retractó de sus dichos cuando el agente del Servicio Secreto, Mario Ascoytia, lo confrontó en uno de los cuartos, donde los policías hacían hablar hasta las piedras. Era un cuarto oscuro, frío, con piso de cemento y una pequeña ventana con barrotes.


Mario prendió un cigarro y le advirtió al inculpado que si no decía la verdad, se pudriría en la cárcel, que era mejor que soltara la sopa. Pero Benito, más sereno, expresó que se encontraba en la capital del estado para adquirir mercancía y que casualmente discutió con su víctima cuando regresaba del mercado de La Merced.


Aseveró que Mario Sánchez le habló en tono despectivo y giró violentamente haciendo el intento de sacar algo de su cintura. “Reaccioné apretando el gatillo en varias ocasiones”, reveló el joven, pero era evidente que no le creían, ya que Mario no iba armado.


Benito fue recluido en la Penitenciaría del Estado, un edificio del Siglo XVI que fue utilizado como convento de monjas hasta que a mediados de 1862, bajo el mandato de Benito Juárez García, el inmueble fue confiscado por la nación.


Esposado, el reo caminó por un estrecho pasillo acompañado de dos celadores. Olor a humedad, paredes de cantera verde rayadas y gritos de los presos dándole la bienvenida, hicieron tortuosos esos 20 metros que lo condujeron a su celda. Sus paredes de más de diez metros y gruesos muros hacían de la cárcel una fortificación de la que nadie se había escapado, aunque los intentos eran constantes. No había celda para cada reo. Eran cuartos para más de seis personas.


La cantera, representativa de Oaxaca, tiene la característica de almacenar agua, lo que provocaba que los presos enfermaran de las vías respiratorias. Al menos un reo al mes perdía la vida en ese lugar que se había convertido en escuela para delincuentes.


En 1898 durante la administración del general Martín González y a iniciativa del jefe político del centro Prisciliano Benítez, se hizo a la cárcel una completa y adecuada reconstrucción desde la fachada que coronaba tres torres almenadas, con una gran puerta achatada en la esquina donde se ubicaba el Jardín Labastida. También adecuaron el departamento de los juzgados primeros y segundos de lo criminal y los salones de espera y visita, hasta los patios interiores.


Todo quedó acondicionado para la seguridad y buena presentación de ese establecimiento penal, aunque el tiempo pasó factura, después de 100 años y ante la falta de mantenimiento, el inmueble ya no cumplía con las medidas mínimas requeridas por el gobierno federal.


Un decreto de la legislatura, expedido el 17 de diciembre de 1861, mandó establecer dos talleres en cada una de las cárceles de los Distritos del Estado, y posteriormente, siendo gobernador el general Porfirio Díaz, celebró un contrato con la casa industrial “N Cuervo y Compañía” sobre la instalación de una zapatería montada para darles ocupación y jornal seguro a los presidiarios.


La Penitenciaría del Estado tenía capacidad para albergar a más de dos mil reos, pero antes del cierre superaban los cinco mil. A mediados de 1960, los presos fueron trasladados a lo que hoy se conoce como la Penitenciaría de Santa María Ixcotel.


Benito recibió al licenciado Raúl Ramírez Cruz. De traje café, con un portafolio negro de piel y un bastón de madera fina, el profesionista platicó varias horas con el inculpado. Cuando Benito lo vio, recordó que se trataba de aquel joven que su hermano había rescatado de una golpiza por dos sujetos en Pochutla. Lo nombró su abogado defensor.


Ya con la asesoría legal, el homicida alegó ante el Juez Tercero de lo Penal, Joel Arango García, defensa propia con la evidente intención de reducir la gravedad de su delito.


Manifestó que asesinó a Mario en defensa propia, pues al salir del consultorio se hacía acompañar de dos sujetos que al verlo hicieron el intento de sacar algún arma del cinto, y tras cambiar algunas palabras con su víctima, lo acribilló a balazos. Añadió que los compañeros de Mario, los mismos que participaron en el asesinato de su hermano, huyeron, “pero no se fijó por dónde”.


Se dio tiempo para criticar las publicaciones amarillistas de los periódicos que se editaban en la época, que pendientes del caso, lo señalaban como un peligroso delincuente que no debería salir de la cárcel. Agregó que actuó en legítima defensa por el temor reverencial que le infundió ser asesinado de la misma forma que la gente de Mario terminó con la vida de su hermano Rufino.


Incluso, manifestó que él acompañó a los individuos que el 8 de diciembre sacaron de su casa en Huatulco a su hermano y que vio cómo lo mataban en El Recreo, habiendo escapado milagrosamente.


Después, huyó para esta ciudad, regresó a Pochutla y volvió a Oaxaca más tarde, “precisamente con el objeto de evitar que Mario cumpliese el deseo de asesinar a toda su familia”.


Armado de valor y ante un secretario ministerial que no dejaba de capturar en las viejas máquinas Remington, Benito golpeó varias veces el escritorio para exigir que se investigaran los crímenes que había cometido Mario en la región de Pochutla, entre ellos, contra de Abdón Romero en la comunidad de Piedra Hueca, el 25 de julio de 1955, siendo los autores materiales del crimen Cresencio Escobar e Ismael Altamirano. Así como el asesinato de Cirenio Blas y a su hijo Anacleto, perpetrado por Cresencio, Ismael y Onofre Castillo, el 8 de agosto de 1955, en la misma región.


Firme en su declaración, solicitó al juez de su causa pedir los expedientes de estos casos al juez de Pochutla, para verificar la veracidad de sus dichos. Los casos mencionados, nunca fueron resueltos, ni revisados, simplemente les dieron carpetazo. El proceso continuó y Benito vio pasar los días y las noches tras las rejas.


Por las mañanas abrían las puertas de las crujías para que los reos fueran al patio, pero no participaba en los talleres, pues consideraba que saldría pronto porque su abogado le aseguró que daría dinero a los funcionarios.


Estaba cegado por la ira y la frustración. Se formaba para el pase de lista con la cabeza inclinada y la mirada fija en el piso, como buscando respuestas.


Después, le daban un vaso con atole y un poco de sopa. Era su desayuno y prácticamente el alimento para todo el día. Se dirigía al patio donde fumaba y deambulaba para matar el tiempo, lo que se había convertido en su principal enemigo.


Aunque para sobrevivir tras las rejas, debía conseguir unos centavos para no hacer la fajina que consistía en tallar una piedra en el piso lleno de agua. Los recién llegados eran enviados a los baños comunes donde había tazas de aluminio.


Podían platicar mientras hacían sus necesidades, pero se veían hacer gestos: era incómodo y denigrante, pero la cárcel no era un hotel para vacacionar. Benito contaba los cubos de cantera colocados por verdaderos artesanos de la construcción. Pensaba en escalar la pared, pero el problema era el descenso. Una caída sería mortal.


En una ocasión le buscaron bronca. Mauricio Pérez, un reo acusado de traficar droga, exigió a Benito que le diera un cigarro. El miahuateco se negó y llegaron a los puños. Los celadores intervinieron y Benito fue a parar a la celda de castigo. Un cuarto oscuro de no más de dos metros cuadrados. Era una caja donde sólo un rayo de luz entraba durante la mañana. Ahí pasó 24 horas para que se le quitaran las ganas de echar pleito. A decir de los presos, la caja era como estar muerto en vida dentro de un ataúd.




El abogado



La sociedad oaxaqueña estaba conmocionada por la muerte de don Mario Sánchez Carballido y seguía paso a paso las incidencias del proceso judicial en contra del inculpado. Inclusive, durante los días de audiencia, las afueras de los juzgados se convertían en romerías, pues decenas de personas, entre familiares y curiosos, acudían para conocer la situación del procesado.


En los diarios locales como El Imparcial, El Fogonazo, Oaxaca Gráfico y Carteles del Sur, las plumas se daban vuelo con la historia, en una época en que se especulaba y hasta emitían juicios. Además, encontraban fotografías que ilustraban las páginas de formato sábana, en su mayoría.


Para los litigantes, secretarios, jueces y agentes del ministerio público, no pasó desapercibido el papel del abogado Raúl Ramírez Cruz en la defensa de Benito, quien por distintos medios buscó atenuar el crimen del comerciante. A pesar de que se habló de sobornos con grandes sumas de dinero para los funcionarios, no se pudo comprobar. Recurrió a la mayoría de sus colegas, pero a pesar de que todos coincidían en que el caso estaba perdido, él les aseguraba, ufano, que lo sacaría de prisión, como fuera.


El lunes 30 de enero, a las 17:00 horas, el secretario del Juzgado Tercero de lo Penal, Ernesto Miranda Barriguete, leyó a Benito el auto de formal prisión por el delito de homicidio calificado. Esto, después de recibir las declaraciones de los captores de Benito, Esteban Ruiz Méndez e Inocencio Cruz Antonio, quienes corroboraron que Ramos Martínez se entregó sin resistencia alguna.


Recordaron que un grupo de gente demandaba: “¡línchenlo, línchenlo, línchenlo!”, pero él se entregó diciendo: “he matado”, depositando en manos de los agentes de Tránsito la pistola Walter tipo escuadra. El abogado defensor no se presentó a la diligencia.


Los periódicos se vendían como pan caliente. Era un fenómeno social en una ciudad que no rebasaba los 300 mil habitantes. Además de la radio, los diarios eran la única manera de mantenerse al día. No obstante, días después el abogado, alegando legítima defensa, interpuso un Juicio de Amparo ante la justicia federal en contra del auto de formal prisión dictado a Benito, solicitando su libertad bajo caución.


Mientras, también por recomendación del litigante, en la cárcel y los juzgados, Benito emprendía una campaña de descrédito contra quienes ponían en duda en su inocencia. “Nada de lo que los diarios de Oaxaca dijeron a raíz de los hechos, es cierto, ni coincide con la realidad, ya que la verdad la dijo bajo protesta ante el agente del Ministerio Público y del juez Tercero de lo Penal, mediante el pliego escrito en el que consta su declaración preparatoria”, señalaba la petición de Amparo.


Como no había elementos que contradijeran la defensa legítima, abogado e inculpado alegaron que el juez debió concederle su libertad por falta de méritos.


El abogado hizo decir a Benito: “no se debe tomar en cuenta la especulación periodística porque los diarios tienen derecho de opinar, decir y a suponer, pero en la justicia la ley es la única que cuenta”.


Por una inexplicable razón, el abogado asumió el caso de Benito con el mayor de los celos profesionales y personales, lo que cuestionaban los periodistas.